01. Historia 

María Lourdes de Urquijo y Morenés y Manuel de la Sierra y Torres / El Español

Un reportaje de: Alejandra G. Feijóo, Naroa Martín y María Vila

Diseño y maquetación: Raúl Bobé

El concierto sinfónico Urquijo

Los relojes marcaban las tres y media de la mañana cuando accedieron por la parte acristalada de la piscina al interior de la vivienda del Camino Viejo de Húmera, 27, de Somosaguas (Madrid). Guantes, linterna, esparadrapo, martillo y soplete facilitaron la entrada, en ese preciso orden de utilización. Una Star calibre .22 Long Rifle fue la encargada de poner banda sonora a esta primera noche de agosto hace 40 años. El silenciador que la amortiguaba no permitió que la composición se escuchase, pero todo apunta, y nunca mejor dicho, a que la primera nota recayó en el aliento de Manuel de la Sierra y Torres, marqués de Urquijo. Concretamente sobre su nuca, en la zona occipital, mediante un tiro limpio a diez centímetros de distancia de su oreja. Era hijo de un general y una noble tarraconense, nombrado Caballero de Malta, Nobleza de Cataluña, Santo Sepulcro y San­to Cáliz de Valencia. Unos títulos donde la caballerosidad de Malta se mezclaba con los cálices de Valencia y que de alguna manera ocultaban su condición de consorte. El tratamien­to de marqués le venía por su esposa aristócrata, María Lourdes de Urquijo. Sobre ella vibraron las dos notas siguientes y no homólogas en dirección boca y cuello. Esta última atravesó en dirección ascendente su cerebro en el que atesoraba jaquecas y oraciones bajo su entrega al Opus Dei. Lo cierto es que no estaban previstas en la partitura. Al parecer, los asaltantes, una vez cumplido el objetivo, tropezaron contra una silla del pasillo superior durante su huida. Interrumpieron así esa silenciosa melodía con un sonido lo suficientemente apreciable y sospechoso que les obligó a apuntar también hacia Marieta tras pronunciar un asfixiado “¿Quién anda ahí?, ¿Manuel… te ocurre algo?”. Era la quinta y penúltima mujer que hasta el momento ostentaba el título nobiliario de dicho marquesado. El ladrido de Boli, caniche de los marqueses, no desafinó la sinfonía. Tampoco las sirenas de la seguridad de la urbanización ni el despertar de Daisy, la encarga del servicio que casualmente no durmió bajo ese techo aquella noche. Nadie oyó nada. Como si no existieran. Una melodía marcada por un compás 3/8 repleta de alguna que otra corchea y muchas negras con puntillo. Puntillos suspensivos, exactamente. 

 

Féretros de los marqueses de Urquijo en la casa de Somosaguas / Criminalia

El cluedo de los Urquijo

Al alba, el sol fue abriéndose paso llenando de claridad el chalet de Somosaguas y dejando al descubierto los restos de la sanguinaria noche. Poco a poco fueron llegando todos los personajes del Cluedo Urquijo al tablero de aquel tétrico juego. A primera hora, llegó el chofer de la familia y comunicó el aviso al ver un cristal roto en el ventanal que daba acceso a la piscina. Diego Martínez-Herrera, administrador del patrimonio familiar desde hacía más de treinta años, fue el siguiente en aparecer hacia las 11:30 de la mañana. Lo hizo de riguroso luto en pleno agosto, a pesar de que, según manifestó, desconocía lo sucedido. Sin dar explicaciones, llamó a Ana Igelmo García, empleada de los condes de Rodas que vivían en un chalé cercano, para ordenarle que lavara los cadáveres con agua hirviendo a 120 grados antes de que llegara la policía a recogerlos. Ellos, mientras tanto, fueron a buscar a un cerrajero. Ninguno se quedó vigilando a los cuerpos. Motivo que explica por qué no se pudo realizar el estudio de los vestidos, las manchas de sangre, pruebas de parafina ni posibles estigmas ahumados. Martínez sonríe en todas las fotos, pero resulta imposible averiguar por qué. Permaneció inmutable durante todos los años que duró la novela, introducida por esa melodía inicial en la que el tempo piano dejó ya de tener su hueco. Asimismo, ordenó a la asistenta Florentina Dishmey, cocinera en el hogar, que quemase documentos guardados en la caja fuerte del marqués en un intento de ocultar pruebas de carácter económico. 

Puerta del chalet de Somosaguas la mañana del 2 de agosto de 1980 / ABC

Myriam de la Sierra, hija de los marqueses que por entonces tenía 24 años de edad, se trasladó dos horas después de ser avisada de la desgracia desde la calle Orense de Madrid donde residía. Ya en Somosaguas se vio sorprendida con la visita de Rafael Escobedo Alday. El conocido como “Rafi” era cuarto de seis hermanos de una familia burguesa. Recibía una selecta educación pero no destacó como buen estudiante, de hecho, rápidamente se le reconoce como niño bien, simpático y juerguista. Con 22 años conoció a Myriam de la Sierra y en 1978 contrajeron el que fue un polémico matrimonio. Ambos vivieron un amor pasional y desaprobado por los marqueses que finalizó recientes seis meses atrás del crimen, aunque aún no se había formalizado el divorcio. Como era de esperar, Rafi no asistió con el propósito unánime de llorar la muerte de los marqueses, a los que no guardaba especial cariño. Lo cierto es que seguía manteniendo relación estrecha con el círculo de los Urquijo, especialmente con su cuñado, Juan de la Sierra, desde los tiempos de la facultad de Derecho en la que ambos estudiaron. El hijo menor de Manuel y Marieta heredaba desde ese instante a los 22 años, y antes de lo previsto por todos, el título de sexto marqués que el rey Amadeo I concedió a la familia en 1871 por vez primera. Al parecer, Juan aterrizó en la capital esa misma mañana procedente de Londres, una disfrazada coartada que se desenmascaró durante la investigación. Se ignora si con el marquesado se benefició también de los títulos de Caballero de Malta, Nobleza de Cataluña, Santo Sepulcro y San­to Cáliz de Valencia. 

 

En la parte superior derecha de la primera página de la partitura Urquijo, justo encima de la primera línea musical, se dibujaba un vacío que algún día sería ocupado por el compositor, tal y como dicta el guion musical. Hasta entonces, y fuera de toda certeza, en el ambiente solo flotaba un vago aire de sospecha entre los presentes que los acabó impregnando a todos. Sin excepción.

 

Al día siguiente, 2 de agosto de 1980, los marqueses de Urquijo fueron enterrados en la sacramental de San Isidro, Madrid. 

Los móviles del crimen

Alfred Hitchcock, un clásico del cine de suspense, decía que no hay crimen sin móvil, ocasión y beneficio. Gracias a las continuas insinuaciones de un personaje mediático y ambiguo como lo fue el mayordomo, Vicente Díaz Romero, se llegó al desconcierto de que todos los personajes, incluido él, podrían encontrar una razón lo suficientemente de peso como para asesinar a los marqueses. Recuerda a las novelas mal traducidas al castellano de Agatha Christie en las que resulta difícil descartar a alguno de ellos, ya sea como autores del disparo, cerebros del crimen o cómplices en la sombra.  

 

La autopsia de los cadáveres reveló que los disparos habían sido baleados por una persona “con carácter frío y profesionalizado y con auténtico ánimo homicida”, un crimen premeditado y estudiado al detalle. ¿Quién de ellos cumplía estas características?, ¿quiénes salían beneficiados con la muerte de los marqueses? Estas fueron las grandes preguntas que rondaban en la mente de policías, periodistas y profesionales del poder judicial. 

 

Las tres balas que acabaron con los marqueses no fueron acompañadas de robo ni de ningún otro tipo de violencia, por lo que a primera vista el único móvil razonable era el de la herencia. Juan y Myriam, hijos de los marqueses, recibían en ese momento una de las mayores fortunas de España: 41 millones de pesetas cada uno según datos de Hacienda, aunque se sospecha que fueron muchos  más. Además, el marqués Manuel de la Sierra estaba impidiendo desde hacía varios meses la fusión entre el Banco Urquijo y el Grupo Hispano Americano para no perder así la tradición familiar. Una unificación de la que no había precisamente pocos interesados, entre ellos sus hijos y Diego Martínez-Herrera que estaban seguros de los consecuentes beneficios que iban a producir para el sistema bancario español. De hecho, tal era el atractivo que a finales de enero de 1983, con un capital social de 23.000 millones de pesetas por parte del banco y cuando habían transcurrido dos años y medio del asesinato, comenzaron a saltar las primeras alarmas del acuerdo en las páginas de economía de los diarios. Finalmente se firmó en octubre. Esta unificación se remonta al ejercicio de 1982, en el que el Banco Urquijo registró pérdidas por valor de 4.882 millones de pesetas como consecuencia de determinadas suspensiones de pagos en algunas empresas españolas vinculadas al negocio, el brusco cambio de la situación financiera internacional y la caída espectacular de la bolsa. Motivos que llevaron al presidente del consejo de administración del Urquijo a proponer a los accionistas la alternativa de cambiar acciones del mismo por otras del Banco Hispano Americano como primer paso para el restablecimiento de la situación patrimonial de la primera entidad. Ante los posibles móviles hereditarios y/o económicos ambos tuvieron que padecer el peso de la sospecha, aunque nunca fueron formalmente acusados ni se encontró prueba evidente alguna contra ellos.

 

En la figura de Escobedo se deslumbró la tercera opción razonable que explicaba lo ocurrido: rencor. Después de diez meses de matrimonio, Myriam de la Sierra abandonaba a Rafi tras serle infiel con Richard Dennis Rew, conocido como “el Americano”. Tenía un oscuro pasado en el mundo de los negocios y junto a Myriam formó una nueva compañía, Shock SA, dedicada a la venta de objetos de bisutería y de detergentes. Rafi estaba convencido de que, de no haber sido por la influencia del marqués que fue crítico incluso con el casamiento, el americano no estaría en su vida. Nada hacía sospechar de un motivo económico, ya que la separación de bienes entre la pareja descartó toda posible relación con lo ocurrido.

Myriam de la Sierra y Rafael Escobedo en su boda (1978) junto a sus respectivos padres / El Cierre Digital

Tres presuntos culpables

La Policía Nacional dio varios palos de ciego durante los primeros meses después de aquella silenciosa melodía en la madrugada del 1 de agosto. Tanto es así que hasta el 8 de abril de 1981 no se produjo la primera detención contra Rafael Escobedo Alday como presunto autor del doble asesinato. Algo que no hubiera sido posible sin la investigación ajena a la oficial y casi en solitario que llevó a cabo el policía José Romero Tamaral a petición de un buen amigo de Juan de la Sierra. Bajo su mandato y con un trabajo casi arqueológico en la finca familiar de los Escobedo, situada en Cuenca, se recogieron más de doscientos casquillos de bala. El padre de Rafi, Miguel Escobedo, era tirador olímpico y coleccionador de munición de diferentes calibres, y, al parecer, hacía uso de las hectáreas que poseía en Cuenca para practicar dicha disciplina. Días más tarde, Martín García Muñoz, el experto en balística asignado a la investigación del caso, reconoció a ojo de microscopio que dos de los casquillos, del calibre .22, coincidían con los percutidos por el arma que se empleó para el asesinato de los marqueses. Ninguno de ellos estaba siquiera oxidado a diferencia de los doscientos restantes, algo cuanto menos fuera de lo común que llevó a sospechar si podrían haber sido dispuestos por la polícia en el momento de la expedición. No obstante, a partir de ese momento, ya con una prueba incriminatoria en su contra, comenzaba para Rafi un camino sin retorno hacia la realidad.

 

El detenido fue conducido a la Dirección General de Seguridad. Después de permanecer dos días siendo interrogado de forma coaccionada y amenazado mediante la imagen de su padre con grilletes en las muñecas, a través de un vidrio polarizado, se autoinculpó del doble asesinato bajo su pluma y firma en una cuartilla de papel. Tuvieron que pasar casi siete meses para que El País anunciase las primeras declaraciones públicas en las que, ya desde la cárcel, se retractó de su anterior confesión y declara su inocencia.  

Rafael Escobedo en el momento de su detención / Interviú

A las 10:30 de la mañana del martes 21 de junio de 1983, en la Sección tercera de la Audiencia Provincial de Madrid, comenzó el juicio por el asesinato de los marqueses de Urquijo. Hacía mucho tiempo que un pleito de carácter penal no tenía en España las cotas de popularidad y trascendencia política que produjo la celebración de este. No se encargaron del juicio magistrados oficiales aleatorios, sino que se nombraron a dedo al juez, José Antonio Zarzalejos, y al fiscal, Bienvenido Guevara. Se abrió con la sorpresa de que la prueba principal de cargo, los tres casquillos de bala encontrados en el dormitorio de los marqueses y las municiones de la finca conquense de los Escobedo, habían desaparecido del juzgado que tenía encargada su custodia. El proceso, sin embargo, siguió adelante. Tras tres días de juicio, ochenta testimonios desfilando por la sala judicial y siete mil folios de sumario, el 8 de julio de ese mismo año se hizo pública la sentencia del caso Urquijo. Un veredicto que se despachó en folio y medio debido a un chivatazo del resultado del fallo que les obligó a escribirla con celeridad. En ella, Rafael Escobedo fue condenado a 53 años de prisión y una indemnización de 20 millones de pesetas a los hijos de las víctimas como único autor del doble crimen. Se dejó a la interpretación hasta el número de autores que participaron en el crimen. “Solo o en compañía de otros”, apuntó Guevara. Como si de un detalle minúsculo e indiferente se tratase. 


El administrador no estuvo ni siquiera inculpado en el proceso judicial. Se debió de considerar que lavar con agua hirviendo durante una hora y media los cuerpos sin vida, limpiando así evidencias y huellas, fue una casualidad sin trascendencia. La misma que explica por qué no se investigó con más ímpetu a Juan de la Sierra, quien se quedó sin coartada al descubrirse que no aparecía en la lista de pasajeros del vuelo a Londres en el que supuestamente viajó antes del crimen. Junto a los casquillos desaparecidos, se unieron a la enigmática desaparición la pistola homóloga a la Star encontrada en el pantano de San Juan y la declaración manuscrita de Rafi, a través de la cual un grafólogo podría haber certificado el estado en el que escribió la confesión. Pruebas desaparecidas sin explicación y teorías inconcluyentes entre sí que resultaron ser más silenciosos aún que los ladridos de Boli aquella noche. Se evidenció de una manera palpable que recién adentrados los años 80 aún seguían muy vivos en la maquinaria del poder judicial los modos del régimen franquista, y que había mucha gente interesada en que los puntillos suspensivos de las negras no se convirtiesen en puntos finales.

Myriam de la Sierra y Juan de la Sierra durante el juicio del caso Urquijo / El País

En un segundo sumario abierto tres meses después fueron procesados Javier Anastasio y el marqués de Torrehermosa, Mauricio López-Roberts, amigos íntimos del culpable. En un supuesto ataque de celos del marqués por la cercana relación que mantenían su mujer y Anastasio, declaró a la policía que Javier acercó a Rafi al chalet de Somosaguas la noche de autos sobre las 12 de la noche y que se deshizo del arma del crimen en el pantano madrileño dos días después de lo ocurrido. Como consecuencia, ambos fueron detenidos como presuntos coautor del crimen y encubridor del mismo respectivamente. 

 

Anastasio fue arrestado por Tamaral y Héctor Moreno el 17 de octubre de 1983 en su domicilio mientras celebraba el bautizo de su sobrino. Dos días después, en presencia del juez reconoció lo confesado por López-Roberts e ingresó de inmediato en el penal de Carabanchel, Madrid. Tras cumplir tres años y medio de prisión preventiva, aprovechó la puesta en libertad para huir a Brasil antes del segundo juicio, que se fue retrasando en cuatro ocasiones de forma injustificada. Uno de los magistrados que integraban el tribunal que iba a juzgarlo le dijo a su abogado de forma anónima que no importaba lo que pudiera suceder durante el juicio, puesto que ya estaba condenado por coautoría de antemano. Al parecer, todo estaba dictado y la sentencia, firmada: 63 años de prisión. Resulta inexplicable cómo puede ser condenado con mayor dureza a un coautor del crimen que al propio asesino, pero es una de las muchas incongruencias que formaron parte del caso Urquijo. 

 

Mauricio López-Roberts estuvo diez años en la cárcel a pesar de que a la persona que encubrió, y por la que cumplió condena, vivía refugiado a 8.134 kilómetros de su celda.

14 miligramos de cianuro

El 11 de abril de 1981, Rafael Escobedo, el único condenado por la muerte de los marqueses de Urquijo, ingresó en la prisión de Carabanchel (Madrid) tras firmarse auto de prisión incondicional contra él. Convivió allí con más de dos mil quinientos internos, entre ellos su amigo y confidente Javier Anastasio. Dentro de la galería y con el paso de los meses su relación se fue deteriorando por ciertas promesas incumplidas. Al parecer, ambos habían acordado que Rafi iba a hablar a favor de Anastasio ante el juez, pero finalmente no lo hizo.

 

En 1985 Escobedo fue trasladado al penal de El Dueso (Cantabria) para ocupar la celda número cuatro de la segunda planta. La decoró de forma muy minimalista con fotos de Myriam e infinitos aviones de papel que terminaban en cualquier rincón de la misma. Nada más. Las vistas desde la ventana no dejaban indiferente a ningún preso, puesto que detrás del hormigón y el alambre se dejaba entrever la Playa de Berria del mar Cantábrico. Era un buen lugar para cumplir condena, a condición de que uno hubiera alcanzado alguna clase de acuerdo positivista consigo mismo del que Rafi no formaba parte. A esas alturas, la cocaína, el tabaco y un avanzado estado de autodestrucción y derrota le nublaban la vista en cada amanecer y en cualquier intento de imaginar un futuro esperanzador. Oía la radio por la noche y dormía por la mañana. También leía después de las cero horas. Una vez despierto, salía al patio y estaba con su amigo René Reinoso. Después, a la hora de la siesta, volvía a la celda con su compañero José María Mezquita. De nuevo otra vez con René, y a las ocho y media, a la celda de nuevo. Esta era la rutina de Rafi.

Rafael Escobedo en la cárcel de El Dueso, Cantabria / El País

El 13 de julio de 1988 concedió una de las entrevistas más famosas en la historia de la televisión española emitida por TVE en el programa El perro verde. El periodista Jesús Quintero, conocido como “El loco de la colina”, fue partícipe de su estado desde dentro de los barrotes. Se encontró a un Rafi hundido, vulnerable y físicamente deteriorado. Con la fragilidad a flor de piel y cigarro tras cigarro pronunció desamparadas reafirmaciones de su inocencia: “¿Qué importa la vida más o menos? ¿Hay alguna forma de curarse de la desesperación más absoluta? ¿Quién puede tener tanto interés en que yo no salga? ¿Por qué? Dios mío, no saldré de aquí nunca vivo. Qué impotencia”. Cada palabra de Escobedo, cada gesto, cada mirada cabizbaja, tenía otro sentido, otra dimensión. Una entrevista que resultó ser su testamento y el anuncio de su muerte. "Llevo tiempo pensando en el suicidio. La cárcel me ha dejado sin ningún tipo de esperanza. Y cuando no tienes esperanza, no tienes gasolina para continuar. Me quedo horas mirando las rejas de la ventana y repitiéndome: cuélgate, termina de una vez con todo esto". Los siete años y cinco meses de prisión que llevaba cumplidos a pulso le habían ido destruyendo hasta ser “nada”. Así se definió en frente de El loco de la colina. La verdad ya no refugiaba al preso que consiguió ser adoptado por la opinión pública. Una imagen de niño débil que todos creían, pero la justicia no. 

 

El 27 de julio de 1988, 14 días después de esa entrevista, apareció ahorcado a los 33 años de edad en su celda haciendo uso de una sábana sin dejar explicación alguna que aclarara los extremos nunca despejados del crimen. El preso José Huertas Benítez fue el primero en encontrar el cadáver. Anteriores rasguños en las venas de la muñeca izquierda y sobredosis de heroína evidenciaban llamadas desesperadas de auxilio que terminaron por anunciar el suicidio final. O mejor dicho, el que podría haber sido el final. Porque los desenlaces cerrados no tenían hueco en el caso Urquijo. Y así fue como la autopsia final del cadáver realizada por el forense José Antonio García Andrade reveló que en los pulmones de Rafi había 14 miligramos de cianuro, además de en los riñones y otras vísceras. Una cantidad de envenenamiento suficiente como para perder la conciencia de inmediato. Fueron unas circunstancias de supuesto suicidio extrañas, si se tiene en cuenta además que el cuerpo tampoco presentaba los síntomas que definen a una muerte por asfixia debida a ahorcamiento. Meses más tarde, en el informe de Instituciones Penitenciarias, se descubrió que el interno Huertas recibió en su cuenta de peculio el día 24 de julio, tres días antes de la muerte de Escobedo, la cantidad de 500.000 pesetas. A pesar de ello, debido a la falta de pruebas y de culpables concluyentes, el juez descartó cualquier intento de envenenamiento contra Rafi, que descansaba ya en el panteón familiar del cementerio de San Isidro. Con ello, se iniciaba el cierre en falso del doble crimen que siguió fijado a golpe de pistola y de historia en la memoria colectiva española.  

 

Rafael Escobedo en el momento de morir era dueño de sus memorias, que guardaba en cajas de cartón, y de un canario. En una especie de testamento sin valor legal dejó todas sus pertenencias al preso René Reinoso y al abogado García Montes para que las depositaran en un lugar secreto de México hasta que su familia muriese. Quizás entonces se pueda escribir el final. 

No consta quién de los dos se quedó con el canario. Su gorjeo se unió así a los silencios envueltos en secretos inconfesables del concierto sinfónico Urquijo.

 

 02. Cronología 

Entierro y tumba de Rafael Escobedo. Interviú / El Español

 

 03. Personajes 

Foto: Cedida

María Lourdes de Urquijo y Morenés

(1935-1980)

La Marquesa.

Quinta marquesa de Urquijo. Nació el 25 de junio de 1935 en Madrid. Hija de Juan Manuel de Urquijo y Landecho, IV Marqués de Urquijo, y María Teresa de Morenés y Carvajal. Casada con Manuel de la Sierra y Torres y madre de Myriam y Juan de la Sierra. Fue asesinada la madrugada del 1 de agosto de 1980 en Somosaguas, Pozuelo de Alarcón, Madrid. Recibió dos tiros, en la boca y en el cuello, con un arma con silenciador, al despertarse tras el asesinato de su marido. La pareja dormía en habitaciones separadas. La marquesa sufría una enfermedad que le dificultaba el habla y el caminar, además de producirle fuertes dolores de cabeza. Hasta ese momento no había acaparado portadas. Estaba muy unida al Opus Dei y se cree que fue asesinada por temor a que la herencia acabase en manos de este grupo religioso y por ser testigo de la muerte de su marido.

Foto: Cedida

Manuel de la Sierra y Torres (1925-1980)

El Marqués.

Nació el 21 de diciembre de 1925 en Barcelona, España. Marido de la Marquesa María Lourdes de Urquijo y Morenés y padre de Myriam y Juan de la Sierra. Ingeniero, abogado, propietario de uno de los bancos más importantes de España, el banco Urquijo. Caballero de la Orden de Malta, del Santo Sepulcro y del Santo Cáliz de Valencia. Fue asesinado la madrugada del 1 de agosto de 1980 en Somosaguas, Pozuelo de Alarcón, Madrid, por un tiro en la nuca realizado con un arma con silenciador. Hasta ese momento no había acaparado portadas. Tenía fama de tacaño entre sus empleados y sus hijos. Su patrimonio se valoró en 43 millones de pesetas, que no incluían el chalé de Somosaguas, valorado en unos 200 millones. 

Foto: Getty Images

Myriam de la Sierra (1956-)

La hija.

Myriam es la hija mayor de los marqueses de Urquijo. Tenía veinticuatro años cuando sus padres aparecieron asesinados en el chalé de Somosaguas. Myriam no estudió una carrera universitaria, se hizo decoradora y estudió piano. Habla inglés, francés y alemán, ya que pasaba todos los veranos por Europa. Desde los catorce años ganaba el dinero suficiente para pagarse sus propios caprichos, ya que no le gustaba depender de sus padres. Los medios presentaron de ella una imagen de frívola, despreocupada e intrascendente. También hablaban de una mala relación con su hermano Juan, pero ella lo desmintió y afirmó estar muy unida a él. Tanto ella como su hermano tenían quejas por el escaso dinero que recibían de sus padres y por el maltrato psicológico que estos les daban. Nunca ocultó la mala relación familiar. Myriam se casó con Rafael Escobedo el 21 de junio de 1978, convivieron pocos meses juntos y se separaron poco antes del crimen. Tuvo problemas con su padre porque éste no veía bien su boda con Escobedo. En el momento del asesinato vivía con su nueva pareja, Richard Dennis Rew. Ella sostiene que Rafael Escobedo estaba en la habitación de sus padres en el momento del crimen, pero que él no apretó el gatillo.

Foto: EFE

Juan de la Sierra (1958-)

El hijo.

Hijo menor de los marqueses de Urquijo. Tenía veintidós años cuando los marqueses aparecieron asesinados en el chalé de Somosaguas. Sus padres le pagaron la carrera de económicas en Londres. Era amigo de Rafael Escobedo, único condenado por la muerte de los marqueses. La noche del asesinato dijo que se encontraba en Londres, pero numerosas personas desmontan su versión, puesto que, según dicen, cenó esa noche con el marqués en un restaurante madrileño.

Foto: EFE

Rafael Escobedo (1954-1988)

El condenado.

Ex marido de Myriam de la Sierra, hija de los marqueses de Urquijo. Su relación fue deteriorándose desde el inicio y finalizó poco después de casarse, antes de que se produjera el asesinato. Culpaba a su ex suegro de su fracaso matrimonial. Era amigo de la infancia de Juan de la Sierra. Hijo de una familia de abogados. Aficionado al mundo de la noche, inestable, necesitado de cariño y profundamente enamorado de Myriam. La noche del asesinato salió de copas con su amigo Javier Anastasio, quien después le llevó hasta la casa de Somosaguas. Escobedo cuenta que fue citado allí por Myriam, quien le dio una bolsa de la que se tenía que deshacer, en la que estaba la pistola del crimen envuelta en trapos. Se sabe que Rafael Escobedo confesó el doble asesinato tras la tortura siciliana que recibió por parte de la policía. En sus entrevistas desde la cárcel siempre afirmó que era inocente. Un informe psicológico dice que, por su personalidad, no era capaz de matar a nadie. Fue condenado a cincuenta años de prisión. En la sentencia se afirma que “actuó solo o en compañía de otros”, algo ilógico. En la cárcel de Carabanchel era apreciado por empleados y compañeros. Le trasladaron a la prisión de Penal del Dueso, en Cantabria, en la que su calidad de vida disminuyó considerablemente y donde se introdujo en el mundo de las drogas. Escobedo amenazó con contar la verdad y dos días después los hijos de los marqueses retiraron la demanda particular que le pusieron. Poco después apareció ahorcado en su celda. La autopsia confirmó que fue un suicidio pero en pruebas posteriores se descubrió que en su cuerpo había cianuro y que no presentaba signos de haberse ahorcado. Su abogado defiende que fue asesinado. 

Foto: EFE

Diego Martínez Herrera (1930-)

El administrador.

Amigo de la juventud del marqués. Trabajó para la familia desde los veintitrés años administrando el patrimonio del tradicional marquesado. Ha sido uno de los grandes sospechosos del crimen. Era prudente, silencioso, leal, siempre pendiente de los hijos de los marqueses. Ordenó lavar los cadáveres antes de que llegaran los forenses al domicilio y destruyó documentos de la caja fuerte que poseían. Apareció en la mansión con arañazos en el brazo, vestido de luto, aunque, supuestamente, se enteró del crimen al llegar al lugar, y en un coche que no era el suyo. Rafael Escobedo le acusó del asesinato, pero no había pruebas suficientes para condenarlo. Al día siguiente del asesinato viajó a Londres, sin un motivo claro, junto a Juan de la Sierra, hijo de los marqueses. Se cree que entre el marqués y él había una relación que iba más allá de lo meramente laboral, una posible relación sentimental. Recibió una gran cantidad de dinero al morir los marqueses. Tras el asesinato pasó a ser el administrador de Juan de la Sierra.

Foto: Cedida

Vicente Díaz Romero (1940-)

El mayordomo.

Desde que tenía treinta y dos años trabajó de mayordomo para los marqueses de Urquijo. Desde el comienzo afirmó que los asesinos eran personas que vivían en el chalé, puesto que conocían a la perfección el lugar. Afirmaba que Myriam trataba mal a su exmarido, Rafael Escobedo, y que ella, su hermano y el administrador de la familia, Diego Martínez Herrera, “son los tíos más cínicos e hipócritas que he conocido en mi vida”. Su relación con el administrador no era buena.

Foto: EFE

Javier Anastasio (1954-)

El cómplice.

Amigo de Rafael Escobedo desde los seis años. La noche del asesinato salió de copas junto a Escobedo. Éste le pidió que le llevara a la mansión de Somosaguas, le dejó a unos metros de la puerta y se fue a dormir a casa de su hermana. Tres días después Escobedo le pidió que se deshiciera de una pistola y Anastasio la arrojó al pantano de San Juan. Fue detenido en octubre de 1983 acusado de coautor del doble crimen, tras las declaraciones de un amigo común de ambos, Mauricio López Roberts. Mantuvo su buena relación con Escobedo en la cárcel, hasta que éste le comenzó a ocultar información sobre lo que sabía del crimen. Su relación acabó mal. Anastasio quedó en libertad, esperó nueve meses a ser juzgado en Madrid y, finalmente, alertado por uno de los magistrados que iba a juzgarle, huyó de España, ya que iba a ser condenado. Vivió en países como Portugal, Brasil y Argentina, entre otros. Anastasio nunca confió en un procesamiento justo de este crimen en España.

Foto: EFE

Mauricio López-Roberts (1935-2014)

El encubridor.

Marqués de Torrehermosa. Íntimo amigo de Rafael Escobedo y Javier Anastasio. Fue condenado, en 1990, a diez años de prisión acusado de encubrir al asesino del crimen. López-Roberts admitió saber que Escobedo estaba implicado y que Anastasio se había deshecho del arma del crimen. Utilizó distintas versiones para explicar la razón por la que le dio dinero a Anastasio unos días antes de que este huyera. Pagó la fianza para librarse de la cárcel. Acaparó la atención de la prensa hasta que recuperó la libertad y se retiró a una finca que poseía en Ávila.

Foto: Cedida

Richard Dennis, "Dick" (1941-) 

El americano.

Pareja de Myriam de la Sierra en el momento del asesinato de los Marqueses de Urquijo. Nació en Seattle (Estados Unidos), donde estuvo casado y tuvo dos hijos. Se licenció en Ingeniería por la Universidad de Washington, donde luego fue profesor. Más tarde realizó un máster de Periodismo. Ha tenido empresas en varios países, como Suecia, Dinamarca y Sudáfrica. Conoció a Myriam y a Rafael Escobedo estando de director en la empresa Golden, marca estadounidense de jabones y detergentes, en España de 1977 a 1979, donde ambos trabajaban. Pocos meses después de la boda de Myriam y Escobedo, Dick llegó a la vida de Myriam. Fue detenido como posible culpable.

Foto: EFE

José Antonio Garcia-Andrade

(1928-2013)

El forense.

En el momento del crimen de los Urquijo era profesor de Psiquiatría Forense de la Escuela de Criminología de la Universidad Complutense de Madrid y presidente de la Asociación Nacional de Médicos Forenses. García-Andrade y Raimundo Durán realizaron las autopsias de los cadáveres y establecieron que se trataba de un crimen técnicamente perfecto, fríamente calculado y realizado con gran profesionalidad. El informe que aportaron al sumario no se reflejó en el juicio en el que condenaron a Escobedo. En él establecieron que el crimen fue realizado por tres personas: una mujer, una persona conocida en la casa y un experto en armas que disparó. A través de los cuerpos, ya desnudos y lavados, y las fotografías de la policía, supieron reconstruir el crimen. García-Andrade hizo una entrevista a Escobedo en la que supo que él no había disparado, pero que sí fue cómplice. Este médico forense también descubrió, tras varias autopsias, que Escobedo murió al ingerir veneno.

Foto: Cedida

José Romero Tamaral (1950-)

 El inspector.

Inspector de policía y estudiante de Derecho en el momento del asesinato. Comenzó a indagar el caso por su cuenta, tras los casquillos encontrados en el chalé de Somosaguas. Descubrió la finca que los Escobedo tenían en Cuenca y en la que encontraron los casquillos por los que detuvieron a Rafael Escobedo como presunto autor del doble asesinato. Siempre ha negado haber participado en torturas y coacciones contra el condenado. A pesar de los aspectos negativos que rodean a la investigación del crimen, Romero Tamaral cree que fue uno de los casos más brillantes.

Foto: EFE

José María Stampa Braun (1925-2003)

Primer abogado de Rafi.

Abogado español, catedrático de Derecho Penal de la UNED desde 1953. Durante cinco años llevó la defensa de Rafael Escobedo. Descubrió la desaparición de numerosas pruebas del caso, incluso de la confesión de Rafael cuando fue torturado. Fue uno de los abogados más prestigiosos de España hasta los años 90. Entre sus casos más mediáticos están: Sofico y Matesa, la Matanza de Atocha de 1977, la defensa a Antonio Tejero en la Operación Galaxia, defensa de Lola Flores, del narcotraficante Laureano Oubiña, de Julián Sancristóbal por el secuestro de Segundo Marey, etc. Le otorgaron la Cruz de Honor de San Raimundo de Peñafort.

Foto: EFE

Marcos García Montes (1948)

El fiel abogado.

Abogado de Rafael Escobedo desde 1985. Su relación con Escobedo iba más allá del ámbito laboral, le consideraba su amigo. García Montes afirma que faltaban pruebas que demostraran que Rafael estuviese dentro de la habitación en el momento del crimen. Fue un crimen frio, calculador y profesionalizado, el abogado afirma que Escobedo no coincidía con estas características. También cree que Rafael Escobedo no se suicidó en la celda, puesto que la autopsia reveló que había 14 miligramos de cianuro puro en sus pulmones, no había óxido de los barrotes en sus manos ni signos de ahorcamiento. Fue asesinado antes de colgarlo. Marcos García Montes afirma que si el juicio se celebrase ahora Rafi no llegaría a estar imputado. En los últimos años ha llevado la defensa de los casos con más impacto en nuestra sociedad, como al profesor Neira, a Santiago Mainar, en el crimen de Fago; a la madre de Rocío Wanninkhof, a María José Carrascosa, etc.

Foto: Libertad Digital

Fernando Grande-Marlaska (1962-)

El juez.

En 1987 ingresó en el Juzgado de primera instancia de Santoña, en Cantabria hasta 1989. Reabrió el caso de los marqueses en 1988 para cerrarlo a principios del 89, al no haber pruebas claras. Instruyó el caso de la muerte de Rafael Escobedo. Afirmó que Escobedo recibió ayuda para suicidarse, pero descartó la posibilidad de un homicidio. Ni él ni el resto de jueces autorizaron la exhumación de Escobedo para una segunda autopsia, como les pidió Marcos García Montes. Actualmente es el ministro del Interior del Gobierno.

 

Otros jueces: Bienvenido Guevara, José Antonio Alonso (se encargó, junto a Fernando Andreu y Marlaska, del supuesto suicidio de Escobedo), Fernando Andreu (tercer juez que llevó este caso), Mercedes Sancha, José Antonio Zarzalejos (pidió once años de prisión para Mauricio López-Roberts. Creía que el asesinato de los marqueses fue obra de más de un asesino).

Foto: Cedida

Miguel Escobedo

El tirador.

Padre de Rafael Escobedo. Era aficionado al tiro olímpico y poseía numerosas armas. En su finca encontraron centenares de casquillos de bala que coincidían con el calibre del arma utilizada en el crimen, pero afirmó haber vendido esa pistola a un amigo. Se cree que su hijo murió sin decir lo que sabía para protegerlo a él, pero el padre niega que tuviese algo que ver con el asesinato.

 

El lujoso domicilio de los Marqueses de Urquijo, en el que fueron asesinados la madrugada del 1 de agosto de 1984, se encuentra en el Camino Viejo de Húmera, 27 de Somosaguas, Pozuelo de Alarcón, Madrid. Somosaguas es un conjunto de urbanizaciones exclusivas de mayor coste y más cotizadas de Europa. 

 

Los muros de ladrillo, la piscina, que ahora da la sensación de abandono, la discoteca en la que se celebraban grandes fiestas, el cálido salón con trofeos de caza…tras el crimen fue escenario de varios rodajes como Moros y Cristianos, en 1987, hoy es una casa semiabandonada. El propio Juan de la Sierra era quien recibía a aquellos interesados en su alquiler, con quienes también negociaba el precio del chalé. Entonces la casa se tasaba ya en unos 200 millones de pesetas (1,2 millones de euros). 

 

Juan y Myriam de la Sierra recibieron las propiedades que los marqueses poseían: la casa de Somosaguas, la de Sotogrande y la de Banyeres, Tarragona. Tras el asesinato intentaron venderlas por falta de liquidez, pero no lo consiguieron. Juan se quedó con el chalé de Somosaguas y Myriam con el resto, puesto que, debido al fracaso de varios negocios, tuvo problemas económicos. 

 

Según los datos del Registro de la Propiedad, la vivienda de Somosaguas está a nombre de Bimagen S.A., una de las empresas de Juan de la Sierra. En el chalé residen Juan y su mujer cuando regresan a España, puesto que ahora viven en Panamá, donde él trabaja para una empresa dedicada a la gestión de patrimonio privado.

04. Escenario

 

05. Incógnitas

CADÁVERES

El administrador de los Marqueses de Urquijo, Diego Martínez Herrera, ordenó, la misma madrugada del crimen, la limpieza de los cuerpos de los marqueses y la destrucción de varios documentos de la caja fuerte antes de que llegaran los forenses. Martínez Herrera pidió a una empleada de un chalé cercano, el de los condes de Rodas, que lavara los cuerpos. La limpiadora, Ana Igelmo García, tardó una hora en lavar los cuerpos de los marqueses y dejarlos envueltos en sábanas, todo con ayuda del administrador. Ella misma fue quien llamó a Myriam de la Sierra, hija de los marqueses, para pedirle que acudiera al domicilio. Además, Diego Martínez Herrera apreció en el chalé de Somosaguas vestido de luto y en un coche que no era el suyo cuando, supuestamente, todavía no conocía el asesinato.

 

¿Por qué ordenó limpiar los cadáveres de posibles pruebas?

 

¿Por qué parecía conocer el asesinato antes de llegar a la casa de los marqueses?

LAZO

En la investigación del crimen, al observar la habitación de María Lourdes de Urquijo, la marquesa, encontraron un lazo de terciopelo negro con aplicador de horquilla en los pies de su cama. Los forenses determinaron que ese lazo no podía pertenecer a la marquesa porque era “minusválida física, tímida, con poco impulso vital y muy replegada en sí misma”. Por lo tanto, declararon que el lazo pertenecía a otra mujer y, por ello, aseguraron que una mujer estaba implicada en el crimen, pero jamás se investigó sobre ese lazo negro de terciopelo. 

 

El lazo podría ser de la criada que ayudó al lavado de cadáveres, Ana Igelmo, pero también podría ser de Myriam de la Sierra, ¿por qué no se investigó sobre el lazo negro?

PISTOLA

La pistola con la que presuntamente se cometió el doble asesinato, una Star Calibre .22 Long Rifle,  fue arrojada por Javier Anastasio al pantano de San Juan la misma noche del crimen, siguiendo las directrices de Rafael Escobedo. El arma desapareció del Juzgado de San Martín de Valdeiglesias quince días antes de la celebración del juicio, en junio de 1983. Uno de los motivos por los que fue detenido Rafael Escobedo fue porque su padre, amante del tiro olímpico, poseía numerosas armas, pero Miguel Escobedo afirmó que la pistola que le faltaba, y que coincidía con la del crimen, se la había vendido a un amigo suyo. También encontraron en su casa numerosos casquillos de bala que coincidan con los encontrados en la escena del crimen. 

 

¿Por qué desapareció una prueba determinante momentos antes del juicio? ¿Por qué a Miguel Escobedo le faltaba justo esa pistola? ¿Por qué había en casa de los Escobedo casquillos de bala del mismo calibre que los de la escena del crimen?

PASAPORTE

Se acusa a Javier Anastasio de ser cómplice de Rafael Escobedo. Anastasio estuvo fugado durante 22 años para evitar el encarcelamiento y en Diario 16 publicaron que hacía uso de pasaportes falsos, sin embargo él siempre ha defendido que utilizaba su pasaporte verdadero. Asimismo, Mauricio López-Roberts le dio dinero para poder fugarse al descubrir que detuvieron a Escobedo, pero Anastasio ha asegurado que era un dinero que le debía. 

 

¿Anastasio ha usado pasaporte falso o no? ¿Por qué tantas contrariedades entre amigos?

CIANURO

Rafael Escobedo apreció ahorcado en la cárcel de El Dueso el 27 de julio de 1988. Sin embargo, la autopsia desveló 14 miligramos de cianuro puro en los pulmones, también restos en el estómago y el riñón. Unas circunstancias de suicidio extrañas si se tiene en cuenta, además, que Escobedo no tuvo indicios de desatarse la sábana, un gesto instintivo que se suele dar en este tipo de casos.

A pesar de ello, debido a la falta de pruebas y de culpables concluyentes, el magistrado Marlaska cerró el caso determinando que Escobedo “recibió ayuda para suicidarse”, descartando cualquier tipo de envenenamiento contra él. 

¿Por qué no se profundizó más en la investigación de la muerte de Escobedo?

SEGURIDAD

La noche del crimen, los miembros de seguridad privada de la urbanización donde vivían los marqueses no hicieron las rondas habituales. Se justificaron declarando que no funcionaba el motor del coche. 

 

¿Por qué esa noche casualmente falló la seguridad del chalé de los marqueses?

PERRO

El comportamiento del caniche de los marqueses, Boli, se determinó como “extraño” porque la noche del crimen no ladró, lo cual hace pensar que los autores del crimen ya conocían al perro y, por tanto, la casa y a los propios marqueses.  

 

¿Se concluye que los autores del crimen eran familiares o allegados a los marqueses?

COCHES

Durante el juicio contra Mauricio López-Roberts, amigo de Rafael Escobedo y Javier Anastasio y encubridor del asesinato, un inspector de policía reconoció ante el Tribunal haber roto una declaración en la que se afirmaba que en el asesinato participaron al menos dos personas. En esa declaración López Roberts contaba que la noche del crimen acudieron al chalé de Somosaguas siete personas en tres coches. En el primer coche iba el administrador, Diego Martínez Herrera; en el segundo coche se encontraban Javier Anastasio, Rafael Escobedo y su padre, Miguel Escobedo, y por último, en el tercer coche, Myriam de la Sierra y otro amigo del grupo, José Ramón Orta Salas. 

 

¿Es verdad que estas siete personas acudieron la noche del crimen a la casa de los marqueses? Si fue así, ¿qué implicación tuvieron los policías en este caso y por qué no fueron todos investigados? ¿Por qué no se investigó la ruptura de esta declaración?

LONDRES

Antonio García Pablos, abogado de Javier Anastasio, quiso investigar las coartadas de Juan de la Sierra, el hijo heredero y a Diego Martínez Herrera, el administrador de la familia. Y efectivamente dio con la verdad: la primera contradicción fue que la noche anterior al crimen Juan y Diego estuvieron cenando en un restaurante de Madrid; así que Juan no podía estar en Londres, como mantuvo durante la investigación. El segundo error en la coartada de Juan fue que su nombre no figuraba en el registro oficial de pasajeros del avión que tomó al día siguiente del crimen para volver de Londres. Y el otro error en la coartada de el administrador es que aseguró haber ido a Londres para acudir a unas reuniones, para las ventas de los hoteles Ritz y Palace, sin embargo estos hoteles lo desmintieron diciendo que Diego no tenía ningún poder para ejecutar tales acuerdos y que ni siquiera estaban sobre la mesa. 

 

¿Por qué no se investigó más sobre las endebles coartadas de Juan de la Sierra y de Diego Martínez?

PRESO

Javier Anastasio cuenta en su libro “El hombre que no fui”, tres días después de la muerte de Rafael Escobedo, un tal Ángel Según Fernández ingresó en la cuenta del preso José Huertas Benítez, quien repartía el pan y tenía las llaves de varias celdas (entre ellas la de Rafi), un total de 500.000 pesetas. Y otros tres días después ingresó otras tantas pesetas. Huertas Benítez no solía recibir ingresos. 

 

¿Fue un preso pagado para acabar con la vida de Escobedo o es una simple coincidencia? 

HUELLAS

En la investigación, en el lugar de los hechos, se localizó una huella dactilar parcial en el marco de una puerta del chalé, pero jamás se determinó de quién era. Los forenses describen en el sumario que encontraron huellas en los cuerpos de los marqueses, esto tampoco se tuvo en cuenta. 

 

Teniendo en cuenta que podrían ser una prueba de cargo esencial, ¿por qué no se le dio importancia a la investigación de las huellas?

BALAS

Los dos forenses que hicieron las autopsias de los cadáveres, José Antonio García Andrade y Raimundo Durán, llegaron a numerosas deducciones tras el análisis de los cuerpos y el lugar de los hechos. Ese informe que aportaron al sumario no se reflejó en el juicio en el que se condenó a Escobedo. Entre sus deducciones estaba el hecho de que las balas que mataron a los marqueses estaban modificadas para producir un impacto más letal: "otro detalle importante es que los proyectiles estaban preparados, rayados de tal forma que, a pesar de su pequeñez -eran del calibre 22- tenían un efecto tremendo. Esta punta estriada perfora la piel sin que ocurra nada especial, pero en cuanto atraviesa el hueso, se fragmenta y sale en ocho o diez direcciones, ocasionando unos destrozos terribles, y esto habla también de profesionalización. Los proyectiles están preparados para que la ejecución sea eficaz, para que un solo disparo produzca tales destrozos que originen la muerte", afirma José Antonio García Andrade.

 

¿Tenía Rafael Escobedo, presunto autor de los hechos, el conocimiento suficiente en munición como para modificar una bala?

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Días antes de la condena de Rafael Escobedo El País publicó la noticia de la desaparición de los casquillos de bala del asesinato. Se trataba de la prueba principal acusatoria contra el asesino de los Marqueses de Urquijo. Esto se supo gracias al abogado de Escobedo, José María Stampa Braun, que solicitó el peritaje del arma. 

 

¿Qué se esconde tras esa desaparición? ¿Por qué no fue investigado el cuerpo de policía que guardó estos casquillos?

TORTURA

Rafael Escobedo fue condenado a 53 años de cárcel al atribuírsele un doble homicidio, tras firmar un documento en el que se declaraba él mismo culpable. Poco después se supo que Rafi fue sometido a torturas sicilianas por los policías, quienes le obligaron a confesar. Su declaración policial también despareció a la hora del juicio. 

 

¿Por qué despareció una prueba determinante como lo es el reconocimiento de la autoría del crimen? ¿Por qué fue torturado Rafael Escobedo? ¿Por qué nunca se investigaron estas torturas y su posterior confesión?

JUSTICIA

La Audiencia Provincial de Madrid, y posteriormente el Tribunal Supremo, alcanzaron la convicción que el crimen cometido por Rafael Escobedo lo ejecutó “solo o en unión de otros”. La sentencia dejó abierta la posibilidad de participación de “otros”. 

 

¿Por qué no se investigó quienes podrían haber acompañado a Escobedo esa noche?

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Después de tres años y medio en la cárcel, el 21 de marzo de 1987, Javier Anastasio queda en libertad provisional hasta que su juicio tuviera lugar. Sin embargo, él cuenta que a los pocos meses recibe una carta de un juez anónimo aconsejándole que se fuera del país porque su sentencia estaba escrita de antemano, iba a ser condenado. 

 

¿Por qué la sentencia de Javier Anastasio ya estaba escrita antes de que se celebrase el juicio? ¿Quién fue ese juez que le aconsejó que huyera?

 

 06. Teorías 

 

 07. Disparos 

En este número os invitamos a escuchar a los autores del libro El hombre que no fui, Melchor Miralles y Javier Menéndez. Ambos periodistas se adentraron en esta novela sobre el Caso Urquijo, publicada en 2017, que centra su atención en Javier Anastasio, el que fue acusado por coautoría del crimen. Han cedido sus disparos para bullet.in en los que cuentan a fondo el proceso creativo, las entrevistas que llevaron a cabo con nuestros protagonistas y las teorías que sostienen sobre la gran pregunta:

¿Quién mató a los marqueses de Urquijo? 

 

Como no podía ser de otra manera, nos despedimos de la sección siguiendo la huella de nuestros protagonistas. ¿Qué es de ellos 40 años después? Conoce donde están y a qué se dedica cada personaje que, en mayor o menor medida, estuvo relacionado con el Caso Urquijo.

Foto: EFE

Myriam de la Sierra (1956-)

La hija.

Actualmente Myriam de la Sierra, hija de los Marqueses de Urquijo, se encuentra en su tercer matrimonio. Se casó con Rafael Escobedo en 1978, con el americano Richard Dennis Rew en 1986 y, por último, con el paquistaní Bash Bokhari, con el que continúa actualmente. 

 

Myriam y su marido están al frente de la empresa ACN (American Communication Network) en España desde 2004, una compañía norteamericana de venta directa de comunicaciones. 

 

El nieto mayor de los Marqueses de Urquijo, Alejandro Rew de la Sierra, hijo del segundo matrimonio de Myriam, trabaja también en la empresa familiar ACN. Contrajo matrimonio en 2016 con Rebeca Selma en Guadalajara, donde fue vista por última vez Myriam de la Sierra, madrina de la boda. 

 

Myriam de la Sierra heredó tras el asesinato de sus padres las casas de Sotogrande y Banyeres, a pesar de que, según cuenta ella misma, no ha podido volver a subir las escaleras del chalé de Somosaguas desde aquel 1 de agosto de 1980: “en cuanto lo intento, nada más poner el pie en el primer peldaño, el olor a sangre vuelve a apoderarse de mí. Siempre me voy de esa casa sin pasar de la planta de abajo”.

Foto: Canalbank

Juan de la Sierra (1958-)

El hijo.

Es el VI marqués de Urquijo. Actualmente está casado con Rocío Caruncho Fontela, con quien contrajo matrimonio el 31 de octubre de 2000 en Madrid. Una boda marcada por la ausencia de los padres del marqués y cuya madrina fue su hermana Myriam de la Sierra.

 

Los actuales marqueses de Urquijo residen en Panamá, donde Juan trabaja para una empresa dedicada a la gestión de patrimonio privado. Cuando viajan a España viven en el chalé de Somosaguas, herencia de los padres del marqués. La mansión está a nombre de Bimagen S.A., una de las empresas de Juan de la Sierra de la que es administrador único y su esposa socia de la compañía.

 

Juan de la Sierra y Rocío Caruncho Fontela, marqueses de Urquijo, fueron vistos por última vez en la boda del hijo de Myriam, en 2016, junto a sus tres hijos.

Foto: Vanity Fair

Javier Anastasio (1954-)

El cómplice.

Amigo de Rafael Escobedo desde los seis años. La noche del asesinato salió de copas junto a Escobedo. Éste le pidió que le llevara a la mansión de Somosaguas, le dejó a unos metros de la puerta y se fue a dormir a casa de su hermana. Tres días después Escobedo le pidió que se deshiciera de una pistola y Anastasio la arrojó al pantano de San Juan. Fue detenido en octubre de 1983 acusado de coautor del doble crimen, tras las declaraciones de un amigo común de ambos, Mauricio López Roberts. Mantuvo su buena relación con Escobedo en la cárcel, hasta que éste le comenzó a ocultar información sobre lo que sabía del crimen. Su relación acabó mal. Anastasio quedó en libertad, esperó nueve meses a ser juzgado en Madrid y, finalmente, alertado por uno de los magistrados que iba a juzgarle, huyó de España, ya que iba a ser condenado. Vivió en países como Portugal, Brasil y Argentina, entre otros. Anastasio nunca confió en un procesamiento justo de este crimen en España.

Foto: Cedida

Richard Dennis, "Dick" (1941-) 

El americano.

Segundo marido de Myriam de la Sierra. Contrajo matrimonio con la hija de los marqueses en 1986 y se divorciaron en 1998, durante este tiempo tuvieron dos hijos. 

 

Dick es empresario. Conoció a Myriam en Golden, empresa de la que fue director en España de 1977 a 1979. Junto a Myriam creó Shock S A, una empresa dedicada a la venta de objetos de bisutería y de detergentes. Actualmente posee dos empresas en Madrid: una de consultoría de gestión empresarial y otra de publicidad y relaciones públicas.

 

La última aparición pública de Richard Dennis Rew fue en 2016 en la boda de su hijo Alejandro Rew de la Sierra con Rebeca Selma, en Guadalajara.

Foto: Cedida

José Romero Tamaral (1950-)

 El inspector.

Ingresó mediante oposición en el Cuerpo General de Policía en 1974, ascendiendo a la categoría de Inspector-Jefe en 1979. En 1986 ingresó en el Ilustre Colegio de Abogados de Madrid, en el que sigue colegiado con el número 29.254. Desde 1998 ejerce el Derecho y dirige el despacho Romero Tamaral y Asociados, ubicado en Madrid, pero con disponibilidad para actuar en todo el país.

Foto: Onda Cero

Marcos García Montes (1948-)

El fiel abogado.

Es el titular del Bufete Jurídico Marcos García Montes. Abogados, en Madrid. Miembro de la Unión Internacional de Abogados, IBA e Instituto de Abogados de Europa, especializado en Asuntos Penales y Matrimoniales, Derecho Constitucional, Tribunales Europeos de Derechos Humanos. Diplomado en 40 especialidades. Miembro de la Comisión de Derecho Penal del Colegio de Abogados de Madrid, Miembro de la Asociación Pro Derechos Humanos y Miembro de la Asociación de antiguos alumnos de la Facultad de Derecho de la  Universidad Complutense de Madrid.

 

García Montes ha resuelto más de diez mil casos junto a su bufete. En los últimos años ha llevado la defensa de los casos con más impacto en nuestra sociedad, como al profesor Neira, a Santiago Mainar, en el crimen de Fago; a la madre de Rocío Wanninkhof, a María José Carrascosa, etc.

Foto: EFE

Fernando Grande-Marlaska (1962-)

El juez.

Ingresó en la carrera judicial en 1987. Grande-Marlaska es ministro del Interior del Gobierno de España. Destacó por la instrucción de causas contra ETA. Forma parte del órgano de gobierno de los jueces, ya que en noviembre de 2013 fue elegido vocal del Consejo General del Poder Judicial a propuesta del PP. Contrajo matrimonio con su marido Gorka Arotz en octubre del año 2005. Desde 1988 hasta 2018 su trayectoria profesional ha estado ligada a su profesión de juez, hasta que fue nombrado ministro del Interior por Pedro Sánchez, actual presidente del Gobierno.

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Los personajes fallecidos 

Marqueses (1980), Rafael Escobedo Alday (1988), Miguel Escobedo (?), Mauricio López-Roberts (2014), José María Stampa Braun (2003), José Antonio García-Andrade (2013), José Antonio Zarzalejos (2008).